José Ferrari reaparece con la imagen que la memoria elige para persistir. Desobediencias dulces y fraternas
vulneraron su obstinada voluntad de mantenerse en las penumbras voluntarias del taller, de la renuencia a
mostrar su obra en público, y hasta en el artilugio de los cristales innecesariamente negros de los anteojos que
ocultaban su pupila sagaz.
Estos artilugios elusivos de protección intimista no incidían en la agudeza de su visión, ni en la locuacidad
abundosa, aguda y erudita pero nunca confidente que derramó en la generosa y hasta heroica tarea docente,
que le restaba tiempo y resuello a la obra propia, voluntariamente secreta.
Furtiva fue su primera muestra, organizada en la galería Van Riel en 1982 por la cofradía de colegas y alumnos,
autores del "contrabando hormiga" que derivó a la galería de Talcahuano -sin advertencia ni conocimiento de
Pipo Ferrari- los dibujos magníficos, las técnicas mixtas, los óleos laborados sobre telas suntuosas que revelaro
al público la existencia de una obra maestra desconocida.
El secreto de tan empecinada reticencia dispara algunas conjeturas. La menos intrusiva señala la autoexigencia
del perfeccionista, del insatisfecho de sus búsquedas ideales. Aquéllas que lo llevaron, imantado, año tras año, a
buscar el centro del rito en las fiestas del Carnaval norteño o en la única y tan deseada peregrinación a Egipto en
1986.
En cuadernos y libretas fijó con trazo renacentista las imágenes fragmentadas de lo entrevisto en el torbellino de
la experiencia. Más tarde, en el taller, sometía esta savia viva a la decantación de la norma con regusto
geométrico. De igual modo buscaba equivalencias asordinadas, terrosas, a los audaces contrastes cromático de
la experiencia vivida. Como un párpado, como bruma, la imagen se afantasmaba, jugaba de recelar y ocultar. En
Amerindia revivía, montaraces y vigentes, otros ritos orientales, europeos, iniciáticos. Esta mixtura sólo aparente
respondía a la búsqueda del Aleph, esa suma imposible que Pipo Ferrari interrogó arrebujado en la penumbra del
taller, inclinado sobre el violín o sobre la tela que como él sombras solía vestir.
Elba Pérez, abril de 2006