LA GEOMETRÍA DE UN ALMA
La experiencia enseña, pero no excluye las sorpresas. Cuando, escalonadamente en el tiempo conocí -por Juan
José Sebreli- a José Luis Menghi en su taller de la Boca, me impresionó su corpulencia y el tamaño de sus manos. Con ellas pintaba en sus telas unas flores tan exquisitas que llevaron a Ignacio Pirovano a compararlas con las de
Fantin Latour.
Años más tarde durante un memorable viaje a Alemania traté durante algunas semanas a Anselmo Piccoli
(1915-1992), otro hombrón capaz de entramar las geometrías más sutiles de forma y color, íbamos con Piccoli y
con Lidia, su diminuta mujer, por pueblos y grandes ciudades alemanas y, como viajábamos en ómnibus, era fácil
seguir por la mañana la charla iniciada la noche interior. Fue así que descubrí a un hombre que era la antítesis de
lo que su corpulencia dejaba imaginar. Era una persona tímida y afable, con una bien tomada posición política y
una moral estricta que -estoy seguro- determinaba su estética expresiva. Esta había comenzado a desarrollarse en
su Rosario natal de la manera más clásica. Gracias a esos estudios aplicados dominó la técnica del dibujo, gracias
a la que pudo pasar de la figuración a la abstracción como si hubiera sido su propia evolución de persona.
Le gustaba decir a Piccoli que su pintura era una 'sucesión lógica' y la definición es perfecta, porque de los
paisajes y las figuras surgieron esos núcleos de expresión infinitamente engamados hasta conseguir el tono que
su ojo le pedía.
En 1990, en su última muestra en Wildenstein, Piccoli demostró que su evolución era incesante. Exhibió
pinturas realizadas en un lapso de doce meses en los que la paleta había cambiado hacia una mayor claridad.
Había subido los tonos hasta alcanzar una luminosidad antes ajena en su producción. También la parcialización
del soporte era más estricta en cuando a los vectores, lo que llevaba a desentrañar lentamente cada pintura.
El sesgo tan intelectual de sus obras -que fascinó a los críticos alemanes en aquel viaje de 1988-, es el que
hoy sigue vigente y es el que pide algo más que la simple recepción pasiva por parte del contemplador.
Heredero de muchos grandes, Piccoli fue un individualista que trabajó como un artesano -hasta hacía los
marcos de sus cuadros-, que terminaba de una manera impecable, algo que su ideal estético le imponía. Un ideal
que, en plena época de inmediatas improvisaciones, admiramos más que nunca en una producción que
felizmente no ha sido manoseada y tiene mucho futuro. Ojalá esta muestra sea la primera de muchas otras.
Albino Dieguez Videla