VISIONES DE JORGE KLEIMAN
El mundo en que desde hace tiempo se aventura Kleiman, hundiéndose dócilmente en una apertura
inquisitiva que prescinde del ámbito a la mano, nos envuelve con atrapante seducción. Atento a los
dictados del automatismo, en la fértil línea de los surrealistas con quienes se siente hermanado, aunque
más bien con su fase poética que con el choque irritativo, deja fluir la pincelada sin otra guía que la que
responde a las vibraciones de la intimidad de su ser. En ese sutil movimiento, ajeno a la armadura de la
razón, poco a poco vislumbra la escondida raíz de los sueños, es decir, de ese venero siempre pródigo,
repositorio dinámico de un entrelazamiento de imágenes dispuestas a manifestarse si alguien, con afinada
capacidad receptiva, las acoge, como es el caso suyo. Tal actitud creadora responde no sólo a una natural
predisposición permeable a lo incógnito sino también a una manera clarividente de captar y organizar la
simultaneidad de fragmentos azarosos, al parecer inconexos y en principio indiscernibles, que afloran
desde las cavernas de lo oculto. El pensamiento se repliega a su mínima expresión, para dejar paso a una
suerte de ambigua arquitectura inconsciente, que va haciendo y deshaciendo apariciones caprichosas que,
sumiso, el pintor fija con sabios trazos.
Pero, ¿qué es lo que surge de tan arriesgado tanteo? Son vanas las propuestas que descubre en el
fantasmagórico yacimiento donde se agolpan en peculiar arqueología formas en estrato virtual, henchido
de posibilidades. A veces pueden ser premonitorios anuncios de acontecimientos inverosímiles, como
sucede en "Modesto Mussorgsky, mientras se baña en el Dniéster, es atacado por Rimsky Korsakoff", o
como en "El Paraíso incendiado", que alude a una conflagración que nos inquieta, expectantes. Pero
otras veces, al lado de la presunta anécdota, el campo visual habla por sí mismo, como en "El Limbo",
corporizando lo intangible y transformándolo en un ámbito de luminosa espiritualidad.
Una vida consagrada al estudio, a la profundización de experiencias tanto plásticas como filosóficas y
literarias, a lo cual contribuyó una larga estadía en España, añade un erudito toque conmemorativo a sus
trabajos. Así, desfilan invocados a participar en misteriosos contextos, Edipo, Afila, el Marqués de Sade,
Jan Huss, entre otros personajes célebres, apenas insinuados en la rica trama de su pintura. Esa trama,
como surgida de un mágico telar, ofrece la riqueza de un sensual colorido y un ondulante vaivén de
volúmenes sutiles, revistiendo de onírica atmósfera las nunca vistas, extrañas escenas que salen a la luz.
En todas ellas alienta una especial fuerza, que las vincula con la ínsita estética que Kleiman desarrolla a
partir de lo que entiende como "campos de fuerza liberados", o "polos magnéticos", recuerdo quizás de
los "campos magnéticos" de Soupault y Bretón cuando sentaban las bases del automatismo.
Más allá de cualquier disquisición estilística, que velaría el mero disfrute de sus obras, nos embarga una reverencial admiración ante los vastos lienzos exhibidos, a veces paisajes prodigiosos, a veces utópicos
encuentros de fabulosas entidades. La excelencia del oficio de Kleiman no le va en zaga a su deslumbrante
fantasía. En la mejor tradición, sabe que ella es el puente entre lo humano y lo divino, el medio que nos
permite adentrarnos más allá del aquí y del ahora para liberar las puertas de la percepción. Sin duda, nos
hallamos frente a un artista cuya originalidad fascina y atrae en la medida en que sus visiones descubren
un universo cuya naturaleza compensa con mucho la necesidad que tenemos los humanos, traspasando
los límites de lo real, de abordar lo insólito.
Guillermo Whitelow
Miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes -
Agosto 2006