Silenciosos, casi minimalistas, los relieves de Marta Parga prescinden del entretenimiento anecdótico.
Los anima la elocuente mudez del blanco, el ritmo de la composición, los llenos de un sin fin de varillas, los
intervalos, los espacios vacíos y, en todos los casos, la luz en juego aleatorio con las sombras.
La materia es básicamente la misma: la fina varilla de madera pintada, por lo general de blanco (y oca
sionalmente de negro), generadora de líneas que barren la superficie del soporte. A la par actuarán
siempre materias inmateriales -la luz y su inseparable compañera, la sombra- junto a otra instancia
material: el cuerpo del espectador, invitado a desplazarse ante la obra.
A lo largo del tiempo, obstinadamente, Parga ha estudiado la vida de los elementos en el devenir mágico
de sus sombras; primero, en el soporte plano del papel, y luego, en el espacio tridimensional del relieve y
la escultura. Optando no por el movimiento sino por la transformación, transita la vía cinética que hace más
de cuatro décadas abrieron maestros como Yacoov Agam o Carlos Cruz Diez. Pero si tenemos en cuenta la
importancia de la luz como fuente de transformación, el artista más próximo a la poética de Parga es, sin
duda, Luis Tomasello. En ambos casos, los elementos -varillas en Parga y cubos en Tomasello- pierden
consistencia física desvaneciéndose en la sensación. Si bien blancas, las varillas producen distintas
sensaciones de grises, simulando a veces una especie de oleaje que rompe la regularidad de la cuadricula
de base.
La preocupación de Parga por la transformabilidad de la obra no oblitera contenidos. Aunque, como
señalamos, no hay anécdota directamente expuesta, no por eso deja de haber sugerencias, por ejemplo, al
tema del paisaje. Parafraseando a Cézanne cuando afirmaba: "El hombre ausente pero por completo en el
paisaje", podríamos decir ahora: "El paisaje ausente pero por completo en las construcciones de Parga".
Así, en la imaginación del espectador, el rayo del sol puede hacerse presente iluminando un fragmento de
vegetación y haciendo ver de modo diferente lo que está alrededor, como también el viento puede hacerse
presente abriendo blancos en la hierba, ordenando y desordenando, dibujando pasajes y laberintos.
Sucede que más allá de la percepción, opera el percepto. Si aquélla -como resultado de la impresión de un
estímulo sobre un órgano- es explicable, éste no lo es. Esencialmente complejo, el percepto va más allá del
dato físico del presente. En él se incluye, junto a la percepción actual, las percepciones pasadas. Es, por
ejemplo, la resonancia de todo lo que hemos vivido frente al paisaje. Gracias a él nos hacemos uno con la
obra del artista, convirtiéndose ésta en lugar de máxima comunicabilidad. Se lo ha llamado "el enigma".
En el caso de Parga, ese enigma alcanza un grado máximo de dramaticidad en los relieves que incorporan
varillas pintadas de negro, sugiriendo paisajes cósmicos, sublimes y aterradores. Paisajismo de corte
romántico que saca provecho de las distintas longitudes de las varillas generadoras de efectos táctiles
diferentes; en algunos momentos, las zonas aparecerán blandas y suaves y, en otros, duras y erizadas.
No sería arriesgado suponer que la experiencia de Parga en el campo de la cinematografía ha influido en
su producción plástica, como si en su trasfondo se mantuvieran los dos términos de la vieja expresión "Luz
[...] acción". La cámara ya no está pues no hace falta fijar el devenir sino, por el contrario, mostrar una
transformación sin fin. Tanto más cuando la acción de la luz (siempre diferente en incidencia e intensidad)
y el desplazamiento del espectador van de la mano del omnipresente azar.
Parga gusta del espectáculo. De allí que uno de los rasgos sobresalientes -y el más sorprendente- de su obra
sea el manifestar la coherencia de un pensamiento asentado en una paradoja: la presencia simultánea de
la fascinación de un espectáculo de transformaciones y el protagonismo, no menos importante, del
espectador/participante que continuada y silenciosamente lo actualiza. Metáforas éstas de un mundo
descentrado que se deshace en la subjetividad de quien lo observa intentando, infructuosamente,
encontrar un punto privilegiado de visión. Sólo lo orienta una luz imprevisible, huidiza, nunca igual.
Elena Oliveras